Il lago di Pátzcuaro, nello Stato di Michoacán.

 

13 novembre 2012 - Seduti su un tronco all'ombra di una dozzina di ulivi, osserviamo i tetti coperti di tegole del villaggio di Tzintzuntzan. Di fronte a noi il Lago di Pátzcuaro riposa tranquillo mentre, alle nostre spalle, il sito archeologico Las Yácatas continua imperturbabile il suo viaggio lungo la storia. Le sue piattaforme sfalsate sono lo scenario ideale per sentire la storia dell'impero Purépecha.

Tariácuri è il protagonista. Secondo la guida, questo cazonci (si pronuncia casonsi e significa re, e —al tempo stesso— grande guerriero e sacerdote) fu l'artefice della creazione ed espansione della monarchia che governò tra il XV e il XVI secolo tutto ciò che da qui si riesce a vedere. E arrivava molto più in là.

Era un uomo che faceva paura: abilissimo con l'arco, riusciva ad abbattere un uccello senza ucciderlo e assassinò perfino due dei suoi figli. I suoi nemici fuggivano non appena udivano il suo fischio, che simulava lo stridore di un'aquila. Contrariamente alla consuetudine, non si ubriacava mai.
 

Las Yácatas.

 

Faceva favori e dava consigli, secondo la descrizione del libro La giustizia e il fuoco: due chiavi per leggere il Rapporto di Michoacán (El Colegio de Michoacán, 2008).

Riuscì ad unire popoli e signorie, a conquistare la terra che amava e a prevedere il futuro. Tariácuri divise il regno in tre capitali da lasciare in eredità ai suoi discendenti. A suo figlio Hiquingare (pronunciato ichingare) la città di Patzcuaro. Ai nipoti Hiripan e Tangaxoan, i villaggi di Tzintzuntzan e Ihuatzio, rispettivamente.

La loro stirpe governò quello che oggi è conosciuto come lo Stato messicano di Michoacán e si guadagnò un posto nella storia, dato che i Purépecha furono l'unico popolo che riuscì a sconfiggere gli Aztechi. Non ebbero, però, la stessa fortuna contro gli spagnoli: nel 1522, la conquista segnò la fine del regno.

I resti di questo impero sono stati trascurati a lungo dagli archeologi messicani e stranieri, abbagliati dalle culture maya e azteca. In totale sono stati individuati nello Stao di Michoacán 45 siti purépecha, ma solo sei di loro sono aperti al pubblico.

 

(reforma / puntodincontro)

 

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El lago de Pátzcuaro, en el estado de Michoacán.

 

13 de noviembre de 2012 - Sentados sobre unos troncos, a la sombra de una docena de olivos, alcanzamos a ver los tejados del pueblo de Tzintzuntzan. De frente, el Lago de Pátzcuaro luce imperturbable; a nuestras espaldas, las yácatas se mantienen férreas ante el paso del tiempo. Estas plataformas escalonadas resultan ser el escenario propicio para escuchar la historia del Imperio Purépecha.

Tariácuri es el protagonista. Según relata el guía, a este cazonci (rey, y al mismo tiempo, gran guerrero y sacerdote) se le atribuye la consolidación y expansión de la monarquía que gobernó entre los siglos 15 y 16 todo lo que desde aquí se admira. Y mucho más allá.

Este hombre inspiraba miedo: era tan hábil con el arco que podía derribar un pájaro sin matarlo, y además, fue capaz de asesinar a dos de sus hijos; sus enemigos huían con sólo escuchar su silbato, que simulaba el chillido de un águila. Contrario a la costumbre, él nunca se emborrachaba.
 

Las Yácatas.
 

Hacía favores y daba consejos, según lo describe el libro La justicia y el fuego: dos claves para leer la Relación de Michoacán (El Colegio de Michoacán, 2008).

Logró unificar pueblos y señoríos, conquistar la tierra que amaba y también previó el futuro. Tariácuri dividió el reino en tres capitales para heredar a sus descendientes. A su hijo Hiquingare le dio su señorío: el de Pátzcuaro. A sus sobrinos Tangaxoan e Hiripan les asignó Tzintzuntzan e Ihuatzio, respectivamente.

Este linaje gobernó lo que hoy conocemos como Michoacán y se ganó un lugar en la historia porque resultó el único que logró vencer a los aztecas; aunque no sucedió lo mismo con los españoles. En 1522, la conquista marcó el fin de su reinado.

Hoy los restos de este imperio prácticamente pasan desapercibidos a los ojos de los exploradores, deslumbrados por las zonas mayas y aztecas. En total hay 45 sitios arqueológicos identificados en todo el estado, nada más seis de ellos abiertos al público.

Sólo quedan vestigios de dos capitales del imperio: Tzintzuntzan e Ihuatzio; en Pátzcuaro sobrevive únicamente el recuerdo de Tariácuri, quien se convirtió en un personaje destacado en la literatura colonial.

«A los purépechas no se les reconoce por su arquitectura monumental, pero sí porque resultaron hábiles trabajadores de metales, especialmente con el cobre. Sabían hasta las técnicas para hacer aleaciones», cuenta Alfredo de la Cruz, guía cultural de la Secretaría de Turismo de Michoacán.

Incluso, aprendieron a bañar el cobre con oro, agrega, por eso los españoles creyeron que tenían enormes tesoros.

La verdadera riqueza de este pueblo era otra: ciudades de piedra construidas en puntos estratégicos, sobre los cerros o a las orillas de lagos, que ofrecen el mejor paisaje.

Así, desde cualquiera de ellas, se puede imaginar a Tariácuri y al resto de los señores purépechas admirando su imperio.

Ceremonia ancestral

Los purépechas conservan una tradición que ha sido reconocida como Patrimonio de la Humanidad: la Ofrenda a las ánimas, que la mayoría conoce como Noche de muertos.

Los pueblos de la zona lacustre de Pátzcuaro ya están preparados para recibir este 1 y 2 de noviembre no sólo a las almas de sus muertos, también a 18 mil visitantes.

Roberto Monroy García, secretario de Turismo de Michoacán, recomienda acudir a los panteones más tradicionales de la ribera: los de Pátzcuaro, Santa Fe de la Laguna, Erongarícuaro y Tzintzuntzan a disfrutar de esta velada.

 

(reforma / puntodincontro)